

Autismo adulto: Realidad invisible
Durante años, miles de personas han llegado a la adultez sin saber que son autistas. Sus vidas han sido explicadas desde la ansiedad o la depresión, mientras el diagnóstico llega tarde o no llega. En México, la falta de datos, de registros y de políticas específicas ha mantenido esta realidad fuera del radar. Aunque comienzan a surgir esfuerzos por dimensionarla, el autismo en adultos todavía es, en gran medida, una condición invisible
Diana tenía 24 años cuando su cuerpo dejó de resistir. No podía permanecer en el salón de clases. Las crisis de ansiedad se volvieron constantes y exponer frente a sus compañeros era un reto que dejó de ser manejable.
“Me sentía mal física y emocionalmente; ya no podía estar ahí”, recuerda.
Se dio de baja de la universidad. No era la primera vez. Desde la preparatoria, algo no encajaba, pero no sabía qué era. Durante años, las explicaciones fueron otras: ansiedad, depresión e incluso trastornos de personalidad. Nunca autismo.
Su caso no es excepcional: en México, el autismo en adultos permanece en gran medida invisible, sin datos claros, diagnósticos oportunos ni políticas públicas específicas.
“Es superfrecuente que lleguen adultos con diagnóstico tardío. Personas de 40 años que nunca supieron qué pasaba con ellas”, explica la psiquiatra Adriana Romero, especialista en salud mental y persona autista.
Durante años, muchos pacientes son tratados por ansiedad, depresión o fatiga crónica sin que nadie identifique el origen.
“Están cansados de fingir ser quienes no son”, señala la especialista.
El autismo, o trastorno del espectro autista (TEA), es una condición del neurodesarrollo que influye en la comunicación, la interacción social y la forma de percibir el entorno. No es una enfermedad ni se presenta igual en todas las personas: algunas requieren apoyo constante, mientras otras viven de forma independiente con ciertos ajustes.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, una de cada 127 personas vive dentro del espectro autista. Si se aplica esta estimación de la OMS al último Censo de Población y Vivienda de 2020, en México podrían existir cerca de un millón de personas con autismo. Sin embargo, la ausencia de registros oficiales impide confirmar esta cifra.
El propio Poder Legislativo ha reconocido esta carencia. A través de un exhorto dirigido al Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), se ha planteado la necesidad de generar información que permita conocer la prevalencia del autismo en todos los grupos de población, desde la infancia hasta la adultez.
El problema es estructural: si no se sabe cuántas personas viven con autismo, difícilmente se pueden diseñar políticas públicas que respondan a sus necesidades.
En el caso de la vida adulta, la ausencia de datos es aún más profunda.

En el país, 9.5 millones de personas viven con alguna discapacidad, lo cual representa el 7.3 por ciento de la población, de acuerdo con cifras del Inegi. A pesar de que las estimaciones apuntan a cerca de un millón de personas autistas, su presencia permanece diluida dentro del total de personas con discapacidad registradas por el Inegi, sin un desglose específico.
Las cifras también revelan otra realidad: el impacto económico. Los hogares donde vive una persona con discapacidad enfrentan mayores gastos en salud y atención especializada, al mismo tiempo que registran menores ingresos. Es decir, la condición no solo implica desafíos sociales, sino también una carga financiera constante.
En el caso del autismo, estos costos suelen traducirse en terapias, acompañamiento psicológico y atención especializada que rara vez están cubiertos en su totalidad por el sistema público.
A esto se suma una brecha en el acceso a oportunidades. Aunque más de 100 mil unidades económicas en el país reportan emplear a personas con discapacidad, no existe un desglose que permita identificar cuántas de estas oportunidades corresponden a personas autistas.
Las estimaciones disponibles sugieren que millones de personas en México viven con autismo. Sin embargo, sin un registro claro, su presencia sigue diluida en estadísticas generales.
En 2025, el Municipio de Querétaro lanzó el programa De Mil Colores, el primer censo municipal de personas autistas para construir una base de datos que permita diseñar políticas públicas y avanzar hacia la creación de un Centro Integral de Atención al Autismo. Al corte de julio, se habían registrado mil 106 personas.
Si se aplica la prevalencia internacional de la Organización Mundial de la Salud (una de cada 127 personas), tan solo en el municipio de Querétaro, con cerca de 795 mil habitantes, podrían existir alrededor de 6 mil personas autistas.
Sin embargo, el censo De Mil Colores ha identificado poco más de mil, lo cual sugiere que una proporción significativa de esta población permanece sin registrar; esto apunta a un posible subdiagnóstico a nivel local.
Dentro del censo municipal De Mil Colores, el DIF ha comenzado a dimensionar una realidad poco visible: la población adulta.
Al cierre de la primera etapa, en enero de 2026, se registraron 225 personas adultas con autismo en el municipio de Querétaro, confirma Gabriela Valencia García, directora general del Sistema Municipal DIF.
De las personas registradas, apenas dos de cada 10 son adultas, lo cual refuerza la hipótesis de subdiagnóstico en esta etapa de la vida.
El dato, aunque parcial, confirma que el autismo no es exclusivo de la infancia. “Existe una población adulta que históricamente ha sido poco visibilizada y que también requiere acompañamiento, inclusión y oportunidades”, menciona la directora.
Además, el registro permite identificar diagnósticos tardíos, ya que la plataforma recaba la edad en la que se realizó la evaluación clínica, evidenciando que muchas personas accedieron a un diagnóstico en etapas posteriores de la vida.

En los últimos años, el tema del autismo ha comenzado a aparecer con mayor frecuencia en la agenda legislativa local. En diciembre de 2025, diputadas de la LXI Legislatura presentaron un exhorto para capacitar a cuerpos policiales en materia de autismo, discapacidad intelectual y manejo de crisis sensorial. El planteamiento surgió tras la difusión de un caso en el que presuntamente se utilizó fuerza indebida contra un menor autista.
Meses antes, la diputada Daesy Hinojosa impulsó un exhorto dirigido al Inegi para generar información específica sobre el trastorno del espectro autista, ante la falta de datos homogéneos y actualizados en el país. La propuesta incluyó la necesidad de contar con información que abarque a toda la población, desde menores hasta adultos mayores.
Desde legislaturas anteriores, la discusión ha incluido exhortos para la creación de una clínica de autismo en el estado y la capacitación docente para la inclusión educativa. Sin embargo, estas acciones han permanecido como llamados institucionales sin carácter obligatorio.
En paralelo, la Comisión de Derechos Humanos del Congreso local ha planteado la necesidad de revisar el marco jurídico estatal (incluyendo el Código Civil) para garantizar la capacidad jurídica de las personas con autismo y su derecho a tomar decisiones sobre su vida.
Más recientemente, en enero de 2026, se llevó a cabo el foro ‘Autismo: una perspectiva real’, en el cual participaron personas autistas, familias y especialistas. En este espacio se abordaron temas como diagnóstico, inclusión, trabajo y vida independiente, en un intento por construir una propuesta legislativa con enfoque de derechos humanos.
Aunque el tema ha ganado visibilidad en el Congreso, la mayoría de estas acciones se mantiene en el terreno de exhortos, mesas de trabajo y propuestas en construcción, sin que hasta ahora exista una legislación estatal integral ni una política pública consolidada en materia de autismo. Mientras tanto, la realidad cotidiana muestra otra cara.
“No tenemos ningún centro público en el estado… La atención hoy es nula; no existe”, comenta Mariana Chávez, directora de Luma en el Espectro IAP, organización que trabaja con personas autistas desde la infancia hasta la vida adulta.
Más allá del diagnóstico, el problema es estructural.
“No hay nada que esté hecho para alguien con autismo”, declara la especialista Adriana Romero.
Desde espacios públicos hasta entornos laborales, la mayoría de los ambientes están diseñados para personas neurotípicas. El ruido, la iluminación, la interacción constante y la sobreestimulación se convierten en barreras invisibles que afectan la vida diaria.
“Todo está hecho para la mayoría”, resume la doctora.
Hasta el momento, la única iniciativa que muestra avances en esta atención es el programa De Mil Colores, que contempla la creación de un Centro Integral de Atención al Autismo cuyo objetivo será brindar atención diferenciada por etapas de vida, incluyendo servicios para personas adultas y programas de inclusión laboral.
“El modelo de atención considera las características individuales… y busca impulsar oportunidades de empleo digno”, expresa Gabriela Valencia.
El proyecto busca atender esta carencia, pero parte de una realidad evidente: durante años, la atención ha recaído en el sector privado.
El censo municipal, en el que también participa Luma en el Espectro IAP, representa el primer intento por dimensionar el fenómeno.
“Es importante medirlo para poder crear herramientas y políticas públicas”, explica Mariana.
A nivel normativo, el rezago es claro. Desde 2015, la Ley General para la Atención y Protección a Personas con la Condición del Espectro Autista establece la obligación de las entidades federativas de generar legislación propia en la materia. Sin embargo, Querétaro se encuentra entre los pocos estados que aún no han cumplido con este ordenamiento.
Actualmente, 22 estados cuentan con una ley vigente en materia de atención y protección a personas con autismo, mientras que dos entidades han incorporado el tema en otras legislaciones. En contraste, siete estados —entre ellos Querétaro— aún carecen de un marco legal propio. A ello se suma el caso de la Ciudad de México, cuya ley fue declarada inválida por la Suprema Corte en 2022.
“Somos de los pocos estados que no tienen legislación en materia de autismo”, señala Mariana Chávez.
En la práctica, los principales obstáculos no están necesariamente en las personas, sino en su entorno menciona Mariana.
La falta de ajustes en escuelas, espacios laborales y en la vida cotidiana sigue siendo uno de los principales retos.
Uno de los mayores errores sociales es asumir que las personas con autismo no sienten o no comprenden a los demás, pero la realidad es otra.
“El problema es mutuo. Las personas neurotípicas tampoco saben interpretar a las personas con autismo”, expresa la doctora Adriana.
Esta desconexión, asociada con lo que especialistas denominan problema de la doble empatía, suele traducirse en aislamiento, ‘bullying’ y malinterpretaciones constantes.
Bajo una proyección demográfica conservadora, más de medio millón de personas adultas podrían vivir con autismo en el país, una población prácticamente invisible en las estadísticas oficiales.
Mientras tanto, en la práctica clínica, el autismo en adultos no siempre es identificado; muchas veces pasa desapercibido.
“El paciente adulto con autismo, con un coeficiente intelectual dentro de lo normal, pasa relativamente desapercibido”, agrega la psiquiatra Daniela Rodríguez.
Una de las razones es el llamado camuflaje: estrategias que las personas desarrollan durante años para adaptarse socialmente.
Esto provoca que muchos diagnósticos lleguen tarde, incluso en la adultez. En algunos casos, el proceso inicia cuando un hijo es diagnosticado y los padres comienzan a reconocerse en esas características.
El fenómeno es aún más evidente en mujeres, donde el autismo suele pasar desapercibido durante más tiempo.
El problema no es solo identificar el autismo, sino entender lo que implica vivir con él sin acompañamiento.
“Desde la infancia, sabes que eres diferente… eso empieza a generar ansiedad y depresión”, dice la especialista.
Muchas personas llegan a consulta no por sospecha de autismo, sino por trastornos asociados como ansiedad, depresión o déficit de atención.
A pesar de ello, la funcionalidad no necesariamente está comprometida. “Son muy buenos trabajadores… si les gusta lo que hacen, pueden ser de los mejores”, añade.
El reto no está en su capacidad, sino en la falta de comprensión del entorno.
En muchos casos, el diagnóstico llega tarde, no porque los síntomas no existan, sino porque nadie los nombra.
En la vida adulta, las consecuencias se acumulan. Ambientes laborales sobreestimulantes, exigencias sociales constantes y la falta de comprensión derivan en crisis de agotamiento extremo, conocido como ‘burnout’ autista.
“Muchos pacientes llegan por ansiedad o depresión, pero en realidad están agotados por sostener una versión de sí mismos que no son”, destaca la doctora Adriana Romero.
Diana comenzó a sospecharlo por primera vez a partir de lo que su pareja observaba en ella.
“Yo no lo creía… decía que me sentía normal”, cuenta. Fue hasta que inició un proceso clínico con especialistas que recibió el diagnóstico: trastorno del espectro autista, grado 1.
Antes de eso, la vida se explicaba desde otros lugares.
Las señales, sin embargo, habían estado ahí desde el inicio.
En la infancia, Diana era agresiva con otros niños o completamente solitaria. “Me sentía el bicho raro del salón”. Se refugiaba en la biblioteca durante los recreos, lejos del ruido y del rechazo de sus compañeros.
Nadie habló entonces de autismo.
Para la especialista, la solución no depende únicamente de políticas públicas.
Depende de la sociedad.
“Falta educación. Que la gente entienda qué es el autismo, qué implica y cómo convivir”, dice.
Pero también implica algo más básico: preguntarse quién queda fuera cuando se diseña un espacio, una escuela o una ciudad.
Para muchas familias, el camino hacia un diagnóstico no es inmediato.
“Es un caminar bastante largo para poder encontrar un diagnóstico certero… sabes que algo no está bien en tu hijo”, comparte Jannel Sánchez, de la Fundación Entre Hermanas y Batallas.
Estela Sánchez agrega que a la incertidumbre se suma una carga emocional poco visibilizada.
“Viene un duelo muy difícil… te puedes sentir muy juzgada”.
Frente a ello, afirma, las redes de apoyo se vuelven fundamentales. “Se requiere de una red de apoyo… de Gobierno… de todo”.
Aunque reconocen avances en visibilidad, coinciden en que el sistema aún no logra cubrir todas las necesidades.
Hablar de lo que se siente también se vuelve una forma de acompañamiento. Quienes viven el proceso de criar a un hijo con discapacidad coinciden en que, muchas veces, lo más difícil no es solo el diagnóstico, sino la sensación de aislamiento que puede aparecer en el camino.
Estela reitera que es importante hablar de cómo nos sentimos. Muchas veces piensas que eres la única persona en el mundo pasando por esto. Por eso, insiste a todas las familias que comparten una situación similar, que no están solas.
Siempre habrá alguien dispuesto a escuchar, a ofrecer apoyo y a recordarles que hay más personas recorriendo el mismo camino.
El fenómeno no ocurre de manera aislada.
De acuerdo con datos discutidos en el ámbito legislativo, cerca de 200 mil queretanos presentan algún tipo de trastorno mental, en un contexto donde la depresión y el suicidio han mostrado un incremento preocupante.
En este escenario, las personas autistas pueden enfrentar una vulnerabilidad adicional, especialmente cuando no han sido diagnosticadas o acompañadas de manera adecuada.
En el ámbito estatal, la Secretaría de Salud informó que, a través del Centro Estatal de Salud Mental (Cesam), se brinda atención a personas con autismo, tanto en población infantil como adulta.
De acuerdo con datos oficiales, durante 2025 se registraron mil 395 atenciones a pacientes con autismo en esta unidad.
Entre estimaciones que apuntan a cientos de miles de adultos y registros oficiales que apenas comienzan a construirse, el autismo en la vida adulta se mueve en una zona gris: existe, pero no se mide; se vive, pero no se nombra.
Mientras el municipio avanza en la construcción de un censo y el Congreso discute iniciativas, la pregunta de fondo permanece: ¿qué pasa con los adultos?
Desde el Patronato del DIF municipal, la visión institucional apunta a consolidar este proyecto como un referente en la entidad.
Durante un acto público, su presidenta, Adriana Olvera, destacó que el Centro Integral busca ofrecer diagnóstico, terapias y acompañamiento familiar bajo un enfoque de inclusión y respeto a la neurodiversidad.
Hoy, el autismo comienza a ser visible. Mientras tanto, la vida de Diana avanza con ajustes que antes no existían. La universidad le permite cursar menos materias por semestre para evitar la sobrecarga. “Es una estrategia para no saturarme”, explica.
En el ámbito laboral, la experiencia no fue distinta. Trabajó en atención al cliente hasta que el desgaste fue insostenible. “Terminaba llorando… ya no podía”. Más tarde entendería que se trataba de un ‘burnout’ autista.
No obstante, la vida adulta dentro del espectro sigue, en gran medida, fuera del radar. El diagnóstico no resolvió todo, aunque sí cambió algo fundamental.
“Fue como quitar las agujitas del corazón”, asegura Diana. Durante años, se pensó a sí misma como insuficiente, como alguien que no encajaba.
Hoy entiende otra cosa.
“No fue mi culpa”.
Desde ahí, empieza a reconstruirse.
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