

El arte español en Querétaro. / Foto: Carlos Curiel.
La llegada de Julia Sapiña y Natalia Thaïs a Querétaro, marca un encuentro entre trayectorias formadas en el viejo continente y la vitalidad de la escena dancística local en un intercambio artístico, pedagógico y humano que, apenas, comienza a mostrar su alcance
El Centro Proart en Querétaro se ha convertido en un punto de convergencia para nuevas voces de la danza internacional. Ahí, entre salones de ensayo y rutinas que exigen cuerpo y mente por igual, dos jóvenes bailarinas europeas han comenzado a escribir una historia compartida como intérpretes y maestras.
Su incorporación no solo suma experiencia académica y escénica, sino que abre una conversación más profunda sobre la enseñanza, la adaptación y la libertad creativa dentro de un contexto cultural distinto.
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Julia Sapiña Porca, originaria de España, y Natalia Thaïs Preisig, nacida en Suiza, pero formada también en territorio español, comparten un inicio temprano en la danza: ambas comenzaron alrededor de los tres años.
En el caso de Julia, el acercamiento fue casi accidental, motivado por una recomendación médica; en el de Natalia, por la influencia directa de su hermana mayor. Con el paso del tiempo, esa primera aproximación infantil se transformó en una vocación sostenida por la disciplina y una sólida formación profesional.
Las trayectorias académicas de ambas revelan un rigor que, hoy, se refleja en su trabajo docente. Julia se formó en danza clásica en el Conservatorio Profesional de Valencia y, más tarde, en danza contemporánea en el Conservatorio Superior María de Ávila en Madrid, integrando estilos y técnicas aprendidas de distintos maestros.
Natalia obtuvo el grado profesional en Danza Española en Zúrich y posteriormente se especializó en coreografía e interpretación de danza española y flamenco en el mismo conservatorio madrileño, complementando su formación con talleres y experiencia escénica.
Las figuras que las marcaron siguen presentes en su discurso: “Venía de etapas de bajona… y ella me impulsó mucho”, recuerda Julia sobre su maestra Pilar Martín, mientras que Natalia subraya la huella mental y artística de sus profesores en Suiza: “Me han preparado muy bien, sobre todo, a nivel de mentalidad”.
El cambio de continente representó un reto mayúsculo. Para Julia, era la primera vez que salía de Europa; para Natalia, una decisión impulsada por la posibilidad de crecer en un entorno distinto.
Ambas coinciden en que Proart fue determinante para dar el salto. “Todo lo que me ofrecía Proart como intérprete y como profesora… es como un máster”, confesó Julia al recordar su llegada y el impacto cultural, desde los horarios hasta la altura de Querétaro.
Natalia complementa esa visión al contrastar la inestabilidad laboral europea con la tranquilidad creativa encontrada en México, aquí, dice, puede concentrarse plenamente en su trabajo porque “Proart lo ofrece”.
La experiencia docente ha abierto, para ellas, una nueva dimensión profesional. En el aula, el contacto con las alumnas (disciplinadas, apasionadas y rápidas para aprender) ha implicado repensar metodologías y adaptarlas a cuerpos distintos.
Julia lo explica desde lo fisiológico: “La complexión mexicana… es muy diferente. Hay que adaptar la metodología”. Natalia coincide en el desafío de verbalizar lo que el cuerpo ya sabe: “Exteriorizarlo y explicarlo es otro nivel de conciencia”. Ambas destacan que enseñar no solo forma a las alumnas, sino que también transforma a quien guía.

Hoy, mientras se integran a la escena local y miran de reojo referentes como el Festival Ibérica Contemporánea, Julia y Natalia encarnan un cruce de caminos donde tradición y contemporaneidad, Europa y México, intérprete y docente se entrelazan.
Su presencia en Proart no es solo un cambio de aires personal, sino una apuesta por el diálogo artístico y la construcción de nuevas generaciones que, desde Querétaro, comienzan a danzar con una perspectiva más amplia del mundo.



